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CITAMOS LOS SIGUIENTES TEXTOS ALTERNATIVOS Y SUGERENCIAS DE LECTURA
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UNIDAD 1. "No ver, no oír, no tocar"
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"SI TE GUSTA LEER"
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EL AVIÓN DE LA BELLA
DURMIENTE.
Cuento peregrino de Gabriel García Márquez
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"ERA BELLA, elástica,
con una piel tierna del color del pan y los ojos de almendras verdes, y
tenía el cabello liso y negro y largo hasta la espalda, y una aura
de antigüedad que lo mismo podía ser de Indonesia que de los
Andes. Estaba vestida con un gusto sutil: chaqueta de lince, blusa de seda
natural con flores muy tenues, pantalones de lino crudo, y unos zapatos
lineales del color de las bugambillas. ´Esta es la mujer más bella
que he visto en mi vida`, pensé, cuando la vi pasar con sus sigilosos
trancos de leona, mientras yo hacía la cola para abordar el avión
de Nueva York en el aeropuerto Charles de Gaulle de París. Fue una
aparición sobrenatural que existió sólo un instante
y desapareció en la muchedumbre del vestíbulo.
Eran las nueve de la mañana. Estaba nevando
desde la noche anterior, y el tránsito era más denso que de
costumbre en las calles de la ciudad, y más lento aún en la
autopista, y había camiones de carga alineados a la orilla, y automóviles
humeantes en la nieve. En el vestíbulo del aeropuerto, en cambio,
la vida seguía en primavera.
Yo estaba en la fila de registro detrás de
una anciana holandesa que demoró casi una hora discutiendo el peso
de sus once maletas. Empezaba a aburrirme cuando vi la aparición
instantánea que me dejó sin aliento, así que no supe
cómo terminó el altercado, hasta que la empleada me bajó
de las nubes con un reproche por mi distracción. A modo de disculpa
le pregunté si creía en los amores a primera vista. ´Claro
que sí, me dijo`. ´Los imposibles son los otros`. Siguió con
la vista fija en la pantalla de la computadora, y me preguntó qué
asiento prefería: fumar o no fumar.
Me da lo mismo le dije con
toda intención, siempre que no sea al lado de las once maletas.
Ella lo agradeció con una sonrisa comercial
sin apartar la vista de la pantalla fosforescente.
Escoja un número me dijo: tres, cuatro o siete.
Cuatro.
Su sonrisa tuvo un destello triunfal.
En quince años que llevo aquí dijo,
es el primero que no escoge el siete.
Marcó en la tarjeta de embarque el número
del asiento y me la entregó con el resto de mis papeles, mirándome
por primera vez con unos ojos color de uva que me sirvieron de consuelo
mientras volvía a ver la bella. Sólo entonces me advirtió
que el aeropuerto acababa de cerrarse y todos los vuelos estaban diferidos.
¿Hasta cuándo?
Hasta que Dios quiera dijo con su sonrisa. La radio
anunció esta mañana que será la nevada más grande
del año.
Se equivocó: fue la más grande del
siglo. Pero en la sala de espera de la primera clase la primavera era tan
real que había rosas vivas en los floreros y hasta la música
enlatada parecía tan sublime y sedante como lo pretendían
sus creadores. De pronto se me ocurrió que aquel era un refugio adecuado
para la bella, y la busqué en los otros salones, estremecido por
mi propia audacia. Pero la mayoría eran hombres de la vida real que
leían periódicos en inglés mientras sus mujeres pensaban
en otros, contemplando los aviones muertos en la nieve a través de
las vidrieras panorámicas, contemplando las fábricas glaciales,
los vastos sementeros de Roissy devastados por los leones. Después
del mediodía no había un espacio disponible, y el calor se
había vuelto tan insoportable que escapé para respirar.
Afuera encontré un espectáculo sobrecogedor.
Gentes de toda ley habían desbordado las salas de espera, y estaban
acampadas en los corredores sofocantes, y aun en las escaleras, tendidas
por los suelos con sus animales y sus niños, y sus enseres de viaje.
Pues también la comunicación con la ciudad estaba interrumpida,
y el palacio de plástico transparente parecía una inmensa
cápsula espacial varada en la tormenta. No pude evitar la idea de
que también la bella debía estar en algún lugar en
medio de aquellas hordas mansas, y esa fantasía me infundió
nuevos ánimos para esperar.
A la hora del almuerzo habíamos asumido nuestra
conciencia de náufragos. Las colas se hicieron interminables frente
a los siete restaurantes, las cafeterías, los bares atestados, y
en menos de tres horas tuvieron que cerrarlos porque no había nada
qué comer ni beber. Los niños, que por un momento parecían
ser todos los del mundo, se pusieron a llorar al mismo tiempo, y empezó
a levantarse de la muchedumbre un olor de rebaño.
Era el tiempo de los instintos. Lo único que
alcancé a comer en medio de la rebatiña fueron los dos últimos
vasos de helado de crema en una tienda infantil. Me los tomé poco
a poco en el mostrador, mientras los camareros ponían las sillas
sobre las mesas a medida que se desocupaban, y viéndome a mí
mismo en el espejo del fondo, con el último vasito de cartón
y la última cucharita de cartón, y pensando en la bella.
El vuelo de Nueva York, previsto para las once de
la mañana, salió a las ocho de la noche. Cuando por fin logré
embarcar, los pasajeros de la primera clase estaban ya en su sitio, y una
azafata me condujo al mío. Me quedé sin aliento. En la poltrona
vecina, junto a la ventanilla, la bella estaba tomando posesión de
su espacio con el dominio de los viajeros expertos. ´Si alguna vez escribiera
esto, nadie me lo creería`, pensé. Y apenas si intenté
en mi media lengua un saludo indeciso que ella no percibió.
Se instaló como para vivir muchos años,
poniendo cada cosa en su sitio y en su orden, hasta que el lugar quedó
tan bien dispuesto como la casa ideal donde todo estaba al alcance de la
mano. Mientras lo hacía, el sobrecargo nos llevó la champaña
de bienvenida. Cogí una copa para ofrecérsela a ella, pero
me arrepentí a tiempo. Pues sólo quiso un vaso de agua, y
le pidió al sobrecargo, primero en un francés inaccesible
y luego en un inglés apenas más fácil, que no la despertara
por ningún motivo durante el vuelo. Su voz grave y tibia arrastraba
una tristeza oriental.
Cuando le llevaron el agua, abrió sobre las
rodillas un cofre de tocador con esquinas de cobre, como los baúles
de las abuelas, y sacó dos pastillas doradas de un estuche donde
llevaba otras de colores diversos. Hacía todo de un modo metódico
y parsimonioso, como si no hubiera nada que no estuviera previsto para ella
desde su nacimiento. Por último bajó la cortina de la ventana,
extendió la poltrona al máximo, se cubrió con la manta
hasta la cintura sin quitarse los zapatos, se puso el antifaz de dormir,
se acostó de medio lado en la poltrona, de espaldas a mí,
y durmió sin una sola pausa, sin un suspiro, sin un cambio mínimo
de posición, durante las ocho horas eternas y los doce minutos de
sobra que duró el vuelo a Nueva York.
Fue un viaje intenso. Siempre he creído que
no hay nada más hermoso en la naturaleza que una mujer hermosa, de
modo que me fue imposible escapar ni un instante al hechizo de aquella criatura
de fábula que dormía a mi lado. El sobrecargo había
desaparecido tan pronto como despegamos, y fue reemplazado por una azafata
cartesiana que trató de despertar a la bella para darle el estuche
de tocador y los auriculares para la música. Le repetí la
advertencia que ella le había hecho al sobrecargo, pero la azafata
insistió para oír de ella misma que tampoco quería
cenar. Tuvo que confirmárselo el sobrecargo, y aun así me
reprendió porque la bella no se hubiera colgado en el cuello el cartoncito
con la orden de no despertarla.
Hice una cena solitaria, diciéndome en silencio
todo lo que le hubiera dicho a ella si hubiera estado despierta. Su sueño
era tan estable, que en cierto momento tuve la inquietud de que las pastillas
que se había tomado no fueran para dormir sino para morir. Antes
de cada trago, levantaba la copa y brindaba.
A tu salud, bella.
Terminada la cena apagaron las luces, dieron la película
para nadie, y los dos quedamos solos en la penumbra del mundo. La tormenta
más grande del siglo había pasado, y la noche del Atlántico
era inmensa y límpida, y el avión parecía inmóvil
entre las estrellas. Entonces la contemplé palmo a palmo durante
varias horas, y la única señal de vida que pude percibir fueron
las sombras de los sueños que pasaban por su frente como las nubes
en el agua. Tenía en el cuello una cadena tan fina que era casi invisible
sobre su piel de oro, las orejas perfectas sin puntadas para los aretes,
las uñas rosadas de la buena salud, y un anillo liso en la mano izquierda.
Como no parecía tener más de veinte años, me consolé
con la idea de que no fuera un anillo de bodas sino el de un noviazgo efímero.
´Saber que duermes tú, cierta, segura, cauce fiel de abandono, línea
pura, tan cerca de mis brazos maniatados`, pensé, repitiendo en la
cresta de espumas de champaña el soneto magistral de Gerardo Diego. Luego
extendí la poltrona a la altura de la suya, y quedamos acostados
más cerca que en una cama matrimonial. El clima de su respiración
era el mismo de la voz, y su piel exhalaba un hálito tenue que sólo
podía ser el olor propio de su belleza. Me parecía increíble:
en la primavera anterior había leído una hermosa novela de
Yasunari Kawabata sobre los ancianos burgueses de Kyoto que pagaban sumas
enormes para pasar la noche contemplando a las muchachas más bellas
de la ciudad, desnudas y narcotizadas, mientras ellos agonizaban de amor
en la misma cama. No podían despertarlas, ni tocarlas, y ni siquiera
lo intentaban, porque la esencia del placer era verlas dormir. Aquella noche,
velando el sueño de la bella, no sólo entendí aquel
refinamiento senil, sino que lo viví a plenitud.
Quién iba a creerlo me dije, con el amor propio
exacerbado por la champaña: Yo, anciano japonés a estas alturas.
Creo que dormí varias horas, vencido por la
champaña y los fogonazos mudos de la película, y desperté
con la cabeza agrietada. Fui al baño. Dos lugares detrás del
mío yacía la anciana de las once maletas despatarrada de mala
manera en la poltrona. Parecía un muerto olvidado en el campo de
batalla. En el suelo, a mitad del pasillo, estaban sus lentes de leer con
el collar de cuentas de colores, y por un instante disfruté de la
dicha mezquina de no recogerlos.
Después de desahogarme de los excesos de champaña
me sorprendí a mí mismo en el espejo, indigno y feo, y me
asombré de que fueran tan terribles los estragos del amor. De pronto
el avión se fue a pique, se enderezó como pudo, y prosiguió
volando al galope. La orden de volver al asiento se encendió. Salí
en estampida, con la ilusión de que sólo las turbulencias
de Dios despertaran a la bella, y que tuviera que refugiarse en mis brazos
huyendo del terror. En la prisa estuve a punto de pisar los lentes de la
holandesa, y me hubiera alegrado. Pero volví sobre mis pasos, los
recogí, y se los puse en el regazo, agradecido de pronto de que no
hubiera escogido antes que yo el asiento número cuatro.
El sueño de la bella era invencible. Cuando
el avión se estabilizó, tuve que resistir la tentación
de sacudirla con cualquier pretexto, porque lo único que deseaba
en aquella última hora de vuelo era verla despierta, aunque fuera
enfurecida, para que yo pudiera recobrar mi libertad, y tal vez mi juventud.
Pero no fui capaz. ´Carajo`, me dije, con un gran desprecio. ´¡Por qué
no nací Tauro! Despertó sin ayuda en el instante en que se
encendieron los anuncios del aterrizaje, y estaba tan bella y lozana como
si hubiera dormido en un rosal. Sólo entonces caí en la cuenta
de que los vecinos de asiento en los aviones, igual que los matrimonios
viejos, no se dan los buenos días al despertar. Tampoco ella. Se
quitó el antifaz, abrió los ojos radiantes, enderezó
la poltrona, tiró a un lado la manta, se sacudió las crines
que se peinaban solas con su propio peso, volvió a ponerse el cofre
en las rodillas, y se hizo un maquillaje rápido y superfluo, que
le alcanzó justo para no mirarme hasta que la puerta se abrió.
Entonces se puso la chaqueta de lince, pasó casi por encima de mí
con una disculpa convencional en castellano puro de las Américas,
y se fue sin despedirse siquiera, sin agradecerme al menos lo mucho que
hice por nuestra noche feliz, y desapareció hasta el sol de hoy en
la amazonía de Nueva York".
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CÓMO SE SALVÓ WANG-FÓ.
De Marguerite Yourcenar
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El anciano pintor Wang-Fó
y su discípulo Ling erraban por los caminos del reino de Han.
Avanzaban lentamente, pues Wang-Fó se detenía
durante la noche a contemplar los astros y durante el día a mirar
las libélulas. No iban muy cargados, ya que Wang-Fó amaba
la imagen de las cosas y no las cosas en sí mismas, y ningún
objeto del mundo le parecía digno de ser adquirido a no ser pinceles,
tarros de laca y rollos de seda o de papel de arroz. Eran pobres, pues Wang-Fó
trocaba sus pinturas por una ración de mijo y despreciaba las monedas
de plata. Su discípulo Ling, doblándose bajo el peso de un
saco lleno de bocetos, encorvaba respetuosamente la espalda, como si llevara
encima la bóveda celeste, ya que aquel saco, a los ojos de Ling,
estaba lleno de montañas cubiertas de nieve, de ríos en primavera
y del rostro de la luna de verano.
Ling no había nacido para correr los caminos
al lado de un anciano que se apoderaba de la aurora y apresaba el crepúsculo.
Su padre era cambista de oro; (...) Ling había crecido en una casa
donde la riqueza abolía las inseguridades. (...). Su padre le escogió
una esposa. (...) Ling amó a aquella mujer de corazón límpido
igual que se ama a un espejo que no se empaña nunca, o a un talismán
que siempre nos protege. Acudía a las casas de té para seguir
la moda, y favorecía moderadamente a bailarinas y acróbatas.
Una noche, en una taberna, tuvo por compañero
de mesa a Wang-Fó. El anciano había bebido, para ponerse en
un estado que le permitiera pintar con realismo a un borracho; su cabeza
se inclinaba hacia un lado, como si se esforzara por medir la distancia
que separaba su mano de la taza.
El alcohol de arroz desataba la lengua de aquel artesano
taciturno, y aquella noche, Wang-Fó hablaba como si el silencio fuera
una pared y las palabras unos colores destinados a embadurnarla. Gracias
a él, Ling conoció la belleza que reflejaban las caras de
los bebedores, difuminadas por el humo de las bebidas calientes, el esplendor
tostado de las carnes lamidas de una forma desigual por los lengüetazos
del fuego, y el exquisito color de rosa de las manchas de vino esparcidas
por los manteles como pétalos marchitos. Una ráfaga de viento
abrió la ventana; el aguacero penetró en la habitación.
Wang-Fó se agachó para que Ling admirase la lívida
veta del rayo y Ling, maravillado, dejó de tener miedo a las tormentas.
Ling pagó la cuenta del viejo pintor; como
Wang-Fó no tenía ni dinero ni morada, le ofreció humildemente
un refugio. Hicieron juntos el camino; Ling llevaba un farol; su luz proyectaba
en los charcos inesperados destellos. Aquella noche, Ling se enteró
con sorpresa de que los muros de su casa no eran rojos, como él creía,
sino que tenían el color de una naranja que se empieza a pudrir.
En el patio, Wang-Fó advirtió la forma
delicada de un arbusto, en el que nadie se había fijado hasta entonces,
y lo comparó a una mujer joven que dejara secar sus cabellos. En
el pasillo, siguió con arrobo el andar vacilante de una hormiga a
lo largo de las grietas de la pared, y el horror que Ling sentía
por aquellos bichitos se desvaneció. Entonces, comprendiendo que
Wang-Fó acababa de regalarle un alma y una percepción nuevas,
Ling acostó respetuosamente al anciano en la habitación donde
habían muerto sus padres.
(...)
Ling vendió sucesivamente sus esclavos, sus
jades y los peces de su estanque para proporcionar al maestro tarros de
tinta púrpura que venían de Occidente. Cuando la casa estuvo
vacía, se marcharon y Ling cerró tras él la puerta
de su pasado.
(...)
Y juntos ambos, maestro y discípulo, vagaron
por los caminos del reino de Han.
Su reputación los precedía por los
pueblos, en el umbral de los castillos fortificados y bajo el pórtico
de los templos donde se refugian los peregrinos inquietos al llegar el crepúsculo.
Se decía que Wang-Fó tenía el poder de dar vida a sus
pinturas gracias a un último toque de color que añadía
a los ojos. Los granjeros acudían a suplicarle que les pintase un
perro guardián, y los señores querían que les hiciera
imágenes de soldados.
(...)
Un día, al atardecer, llegaron a los arrabales
de la Ciudad Imperial, y Ling buscó para Wang-Fó un albergue
donde pasar la noche. El anciano se envolvió en sus harapos y Ling
se acostó junto a él para darle calor, pues la primavera acababa
de llegar y el suelo de barro estaba helado aún. Al llegar el alba,
unos pesados pasos resonaron por los pasillos de la posada; se oyeron los
susurros amedrentados del posadero y unos gritos de mando proferidos en
lengua bárbara. Ling se estremeció, recordando que el día
anterior había robado un pastel de arroz para la comida del maestro.
No puso en duda que venían a arrestarlo y se preguntó quién
ayudaría mañana a Wang-Fó a vadear el próximo
río.
Entraron los soldados provistos de faroles. La llama,
que se filtraba a través del papel de colores, ponía luces
rojas y azules en sus cascos de cuero. La cuerda de un arco vibraba en su
hombro, y, de repente, los más feroces rugían sin razón
alguna. Pusieron su pesada mano en la nuca de Wang-Fó, quien no pudo
evitar fijarse en que sus mangas no hacían juego con el color de
sus abrigos.
Ayudado por su discípulo, Wang-Fó siguió
a los soldados, tropezando por unos caminos desiguales. Los transeúntes,
agrupados, se mofaban de aquellos dos criminales a quienes probablemente
iban a decapitar. A todas las preguntas que hacía Wang, los soldados
contestaban con una mueca salvaje. Sus manos atadas le dolían y Ling,
desesperado, miraba a su maestro sonriendo, lo que era para él una
manera más tierna de llorar.
Llegaron a la puerta del palacio imperial, cuyos
muros color violeta se erguían en pleno día como un trozo
de crepúsculo. Los soldados obligaron a Wang-Fó a flanquear
innumerables salas cuadradas o circulares, cuya forma simbolizaba las estaciones,
los puntos cardinales, lo masculino y lo femenino, la longevidad, las prerrogativas
del poder.
(...)
Finalmente, el aire se enrareció; el silencio
se hizo tan profundo que ni un torturado se hubiera atrevido a gritar. Un
eunuco levantó una cortina; los soldados temblaron como mujeres,
y el grupito entró en la sala en donde se hallaba el Hijo del Cielo
sentado en su trono.
Era una sala desprovista de paredes, sostenida por
unas macizas columnas de piedra azul.
(...)
Un alto muro separaba el jardín del resto
del mundo, con el fin de que el viento, que pasa sobre los perros reventados
y los cadáveres de los campos de batalla, no pudiera permitirse ni
rozar siquiera la manga del Emperador.
El Maestro Celeste se hallaba sentado en un trono
de jade y sus manos estaban arrugadas como las de un viejo, aunque apenas
tuviera veinte años. Su traje era azul, para simular el invierno,
y verde, para recordar la primavera. Su rostro era hermoso, pero impasible
como un espejo colocado a demasiada altura y que no reflejara más
que los astros y el implacable cielo. A su derecha tenía al Ministro
de los Placeres Perfectos y a su izquierda al Consejero de los Tormentos
Justos. Como sus cortesanos, alineados al pie de las columnas, aguzaban
el oído para recoger la menor palabra que de sus labios se escapara,
había adquirido la costumbre de hablar siempre en voz baja.
"Dragón Celeste dijo Wang-Fó prosternándose,
soy viejo, soy pobre y soy débil. Tú eres como el verano;
yo soy como el invierno. Tú tienes Diez Mil Vidas; yo no tengo más
que una y pronto acabará. ¿Qué te he hecho yo? Han atado mis
manos que jamás te hicieron daño alguno.
"¿Y tú me preguntas qué es lo
que me has hecho, viejo Wang-Fó? dijo el Emperador.
Su voz era tan melodiosa que daban ganas de llorar.
Levantó su mano derecha, que los reflejos del suelo de jade transformaban
en glauca como una planta submarina, y Wang-Fó maravillado por aquellos
dedos tan largos y delgados, trató de hallar en sus recuerdos si
alguna vez había hecho del Emperador o de sus ascendientes un retrato
tan mediocre que mereciese la muerte. Mas era poco probable, pues Wang-Fó,
hasta aquel momento, apenas había pisado la corte de los Emperadores,
prefiriendo siempre las chozas de los granjeros o, en las ciudades, los
arrabales de las cortesanas y las tabernas del muelle en las que disputan
los estibadores.
"¿Me preguntas lo que me has hecho, viejo Wang-Fó"
prosiguió el Emperador, inclinando su cuello delgado hacia el anciano
que lo escuchaba. "Voy a decírtelo. Pero como el veneno ajeno
no puede entrar en nosotros, sino por nuestras nueve aberturas, para ponerte
en presencia de tus culpas deberás recorrer los pasillos de mi memoria
y contarte toda mi vida. Mi padre había reunido una colección
de tus pinturas en la estancia más escondida de palacio, pues sustentaba
la opinión de que los personajes de los cuadros deben ser sustraídos
a las miradas de los profanos, en cuya presencia no pueden bajar los ojos.
En aquellas salas me educaron a mi, viejo Wang-Fó ya que habían
dispuesto una gran soledad a mi alrededor para permitirme crecer. Con objeto
de evitarle a mi candor las salpicaduras humanas, habían alejado
de mí las agitadas olas de mis futuros súbditos, y a nadie
se le permitiría pasar ante mi puerta, por miedo a que la sombra
de aquel hombre o mujer se extendiera hasta mí. Los pocos y viejos
servidores que se me habían concedido se mostraban lo menos posible;
las horas daban vueltas en círculo; los colores de tus cuadros se
reavivaban con el alba y palidecían con el crepúsculo. Por
las noches, yo los contemplaba cuando no podía dormir y durante diez
años consecutivos estuve mirándolos todas las noches. Durante
el día, sentado en una alfombra cuyo dibujo me sabía de memoria,
reposando la palma de mis manos vacías en mis rodillas de amarilla
seda, soñaba con los goces que me proporcionaría el porvenir.
Me imaginaba al mundo con el país de Han en medio, semejante al llano
monótono y hueco de la mano surcada por las líneas fatales
de los Cinco Ríos. A su alrededor, el mar donde nacen los monstruos
y, más lejos aún, las montañas que sostienen el cielo.
Y para ayudarme a imaginar todas esas cosas, yo me valía de tus pinturas.
Me hiciste creer que el mar se parecía a la vasta capa de agua extendida
en tus telas, tan azul que una piedra al caer no puede por menos de convertirse
en zafiro; que las mujeres se abrían y se cerraban como las flores,
semejantes a las criaturas que avanzan, empujadas por el viento, por los
senderos de tus jardines, y que los jóvenes guerreros de delgada
cintura que velan en las fortalezas de las fronteras eran como flechas que
podían traspasarnos el corazón. A los dieciséis años,
vi abrirse las puertas que me separaban del mundo: subí a la terraza
del palacio para mirar las nubes, pero eran menos hermosas que las de tus
crepúsculos. Pedí mi litera: sacudido por los caminos, cuyo
barro y piedras yo no había previsto, recorrí las provincias
del Imperio sin hallar tus jardines llenos de mujeres parecidas a luciérnagas,
aquellas mujeres que tú pintabas y cuyo cuerpo es como un jardín.
Los guijarros de las orillas me asquearon de los océanos; la sangre
de los ajusticiados es menos roja que la granada que se ve en tus cuadros;
los parásitos que hay en los pueblos me impiden ver la belleza de
los arrozales; la carne de las mujeres vivas me repugna tanto como la carne
muerta que cuelga de los ganchos en las carnicerías, y la risa soez
de mis soldados me da náuseas. Me has mentido, Wang-Fó, viejo
impostor: el mundo no es más que un amasijo de manchas confusas,
lanzadas al vacío por un pintor insensato, borradas sin cesar por
nuestras lágrimas. El reino de Han no es el más hermoso de
los reinos y yo no soy el Emperador. El único imperio sobre el que
vale la pena reinar es aquel donde tú penetras, viejo Wang-Fó
por el camino de las Mil Corvas y de los Diez Mil Colores. Sólo tú
reinas en paz sobre unas montañas cubiertas por una nieve que no
puede derretirse y sobre unos campos de narcisos que nunca se marchitan.
Y por eso, Wang-Fó he buscado el suplicio que iba a reservarte, a
ti cuyos sortilegios han hecho que me asquee de cuanto poseo y me han hecho
desear lo que jamás podré poseer. Y para encerrarte en el
único calabozo de donde no vas a poder salir, he decidido que te
quemen los ojos, ya que tus ojos, Wang-Fó, son las dos puertas mágicas
que abren tu reino. Y puesto que tus manos son los dos caminos, divididos
en diez bifurcaciones, que te llevan al corazón de tu imperio, he
dispuesto que te corten las manos. ¿Me has entendido, viejo Wang-Fó?
Al escuchar esta sentencia, el discípulo Ling
se arrancó del cinturón un cuchillo mellado y se precipitó
sobre el Emperador. Dos guardias lo apresaron. El Hijo del Cielo sonrió
y añadió con un suspiro:
"Y te odio también, viejo Wang-Fó
porque has sabido hacerte amar. Matad a ese perro".
Ling dio un salto para evitar que su sangre manchase
el traje de su maestro. Uno de los soldados levantó el sable, y la
cabeza de Ling se desprendió de su nuca, semejante a una flor tronchada.
Los servidores se llevaron los restos y Wang-Fó desesperado, admiró
la hermosa mancha escarlata que la sangre de su discípulo dejaba
en el pavimento de piedra verde.
El Emperador hizo una seña y dos eunucos limpiaron
los ojos de Wang-Fó.
"Óyeme, viejo Wang-Fó dijo el
Emperador, y seca tus lágrimas, pues no es el momento de llorar.
Tus ojos deben permanecer claros, con el fin de que la poca luz que aún
les queda no se empañe con tu llanto. Ya que no deseo tu muerte sólo
por rencor, ni sólo por crueldad quiero verte sufrir. Tengo otros
proyectos, viejo Wang-Fó. Poseo, entre la colección de tus
obras, una pintura admirable en donde se reflejan las montañas, el
estuario de los ríos y el mar, infinitamente reducidos, es verdad,
pero con una evidencia que sobrepasa a la de los objetos mismos, como las
figuras que se miran a través de una esfera. Pero esta pintura se
halla inacabada, Wang-Fó, y tu obra maestra no es más que
un esbozo. Probablemente, en el momento en que la estabas pintando, sentado
en un valle solitario, te fijaste en un pájaro que pasaba, o en un
niño que perseguía al pájaro. Y el pico del pájaro
o las mejillas del niño te hicieron olvidar los párpados azules
de las olas. No has terminado las franjas del manto del mar, ni los cabellos
de algas de las rocas. Wang-Fó, quiero que dediques las horas de
luz que aún te quedan a terminar esta pintura, que encerrará
de esta suerte los últimos secretos acumulados durante tu larga vida.
No me cabe duda de que tus manos, tan próximas a caer, temblarán
sobre la seda y el infinito penetrará en tu obra por esos cortes
de la desgracia. Ni me cabe duda de que tus ojos, tan cerca de ser aniquilados,
descubrirán unas relaciones al límite de los sentidos humanos.
Tal es mi proyecto, viejo Wang-Fó, y puedo obligarte a realizarlo.
Si te niegas, antes de cegarte quemaré todas tus obras y entonces
serás como un padre cuyos hijos han sido todos asesinados y destruidas
sus esperanzas de posteridad. Piensa más bien, si quieres, que esta
última orden es una consecuencia de mi bondad, pues sé que
la tela es la única amante a quien tú has acariciado. Y ofrecerte
unos pinceles, unos colores y tinta para ocupar tus últimas horas
es lo mismo que darle una ramera como limosna a un hombre que va a morir.
A una señal del dedo meñique del Emperador,
dos eunucos trajeron respetuosamente la pintura inacabada donde Wang-Fó
había trazado la imagen del cielo y del mar. Wang-Fó se secó
las lágrimas y sonrió, pues aquel apunte le recordaba su juventud.
Todo en él atestiguaba una frescura de alma a la que ya no podía
aspirar, pero le faltaba, no obstante, algo, pues en la época en
que la había pintado Wang-Fó, todavía no había
contemplado antes las montañas, ni las rocas que bañan en
el mar sus flancos desnudos, ni tampoco se había empapado lo suficiente
de la tristeza del crepúsculo. Wang-Fó eligió uno de
los pinceles que le presentaba un esclavo y se puso a extender, sobre el
mar inacabado, amplias pinceladas de azul. Un eunuco, en cuclillas a sus
pies, desleía los colores; hacía esta tarea bastante mal,
y más que nunca Wang-Fó echó de menos a su discípulo
Ling.
Wang empezó por teñir de rosa la punta
del ala de una nube posada en una montaña. Luego añadió
a la superficie del mar unas pequeñas arrugas que no hacían
sino acentuar la impresión de su serenidad. El pavimento de jade
se iba poniendo singularmente húmedo, pero Wang-Fó absorto
en su pintura, no advertía que estaba trabajando sentado en el agua.
La frágil embarcación, agrandada por
las pinceladas del pintor, ocupaba ahora todo el primer plano del rollo
de seda. El ruido acompasado de los remos se elevó de repente en
la distancia, rápido y ágil como un batir de alas. El ruido
se fue acercando, llenó suavemente toda la sala y luego cesó;
unas gotas temblaban, inmóviles, suspendidas de los remos del barquero.
Hacía mucho tiempo que el hierro al rojo vivo destinado a quemar
los ojos de Wang se había apagado en el brasero del verdugo. Con
el agua hasta los hombros, los cortesanos, inmovilizados por la etiqueta,
se alzaban sobre la punta de los pies. El agua llegó por fin a nivel
del corazón imperial. El silencio era tan profundo que hubiera podido
oírse caer las lágrimas.
Era Ling, en efecto. Llevaba puesto su traje viejo
de diario, y su manga derecha aún llevaba la huella de un enganchón
que no había tenido tiempo de coser aquella mañana, antes
de la llegada de los soldados. Pero lucía alrededor del cuello una
extraña bufanda roja.
Wang-Fó le dijo dulcemente, mientras continuaba
pintando:
"Te creía muerto".
"Estando vos vivo dijo respetuosamente Ling,
¿cómo podría yo morir?"
Y ayudó al maestro a subir a la barca. El
techo de jade se reflejaba en el agua, de suerte que Ling parecía
navegar por el interior de una gruta. Las trenzas de los cortesanos sumergidos
ondulaban en la superficie como serpientes, y la cabeza pálida del
Emperador flotaba como un loto.
"Mira, discípulo mío" dijo
melancólicamente. "Esos desventurados van a perecer, si no lo
han hecho ya. Yo no sabía que había bastante agua en el mar
para ahogar a un Emperador. ¿Qué podemos hacer?"
"No temas nada, Maestro" murmuró
el discípulo. "Pronto se hallarán a pie enjuto, y ni
siquiera recordarán haberse mojado las mangas. Tan sólo el
Emperador conservará en su corazón un poco de amargor marino.
Estas gentes no están hechas para perderse por el interior de una
pintura".
Y añadió:
"La mar está tranquila y el viento es
favorable. Los pájaros marinos están haciendo sus nidos. Partamos,
Maestro, al país de más allá de las olas".
"Partamos" dijo el viejo pintor. Wang-Fó
cogió el timón y Ling se inclinó sobre los remos. La
cadencia de los mismos llenó de nuevo toda la estancia, firme y regular
como el latido de un corazón. El nivel del agua iba disminuyendo
insensiblemente en torno a las grandes rocas verticales que volvían
a ser columnas. Muy pronto, tan sólo unos cuantos charcos brillaron
en las depresiones del pavimento de jade. Los trajes de los cortesanos estaban
secos, pero el Emperador conservaba algunos copos de espuma en la orla de
su manto.
El rollo de seda pintado por Wang-Fó permanecía
sobre una mesita baja. Una barca ocupaba todo el primer término.
Se alejaba poco a poco, dejando tras ella un delgado surco que volvía
a cerrarse sobre el mar inmóvil. Ya no se distinguía el rostro
de los dos hombres sentados en la barca, pero aún podía verse
la bufanda roja de Ling y la barba de Wang-Fó que flotaba al viento.
La pulsación de los remos fue debilitándose
y luego cesó, borrada por la distancia. El Emperador, inclinado hacia
delante, con la mano a modo de visera delante de los ojos, contemplaba alejarse
la barca de Wang-Fó, que ya no era más que una mancha imperceptible
en la palidez del crepúsculo. Un vaho de oro se elevó, desplegándose
sobre el mar. Finalmente, la barca viró en derredor a una roca que
cerraba la entrada a la alta mar; cayó sobre ella la sombra del acantilado;
borróse el surco de la desierta superficie y el pintor Wang-Fó
y su discípulo Ling desaparecieron para siempre en aquel mar de jade
azul que Wang-Fó acababa de inventar.
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POR EL CAMINO DE SWANN.
Marcel Proust
|
"Hacía ya muchos años
que no existía para mí de Combray más que el escenario
y el drama del momento de acostarme, cuando un día de invierno, al
volver a casa, mi madre, viendo que yo tenía frío, me propuso
que tomara, en contra de mi costumbre, una taza de té. Primero dije
que no, pero luego, sin saber por qué, volví de mi acuerdo.
Mandó mi madre por uno de esos bollos, cortos y abultados, que llaman
magdalenas, que parece que tienen por molde una valva de concha de peregrino.
Y muy pronto, abrumado por el triste día que había pasado
y por la perspectiva de otro tan melancólico por venir, me llevé
a los labios una cucharada de té en el que había echado un
trozo de magdalena. Pero en el mismo instante en que aquel trago, con las
migas del bollo, tocó mi paladar, me estremecí, fija mi atención
en algo extraordinario que ocurría en mi interior. Un placer delicioso
me invadió, me aisló, sin noción de lo que lo causaba.
Y él me convirtió las vicisitudes de la vida en indiferentes,
sus desastres en inofensivos y su brevedad en ilusoria, todo del mismo modo
que opera el amor, llenándose de una esencia preciosa; pero, mejor
dicho, esa esencia no es que estuviera en mí, es que era yo mismo.
Dejé de sentirme mediocre, contingente y mortal. ¿De dónde
podría venirme aquella alegría tan fuerte? Me daba cuenta
de que iba unida al sabor del té y del bollo, pero le excedía
en mucho, y no debía de ser de la misma naturaleza. ¿De dónde
venía y qué significaba? ¿Cómo llegar a aprehenderlo?
Bebo un segundo trago, que no me dice más que el primero; luego un
tercero, que ya me dice un poco menos. Ya es hora de pararse, parece que
la virtud del brebaje va aminorándose. Ya se ve claro que la verdad
que yo busco no está en él, sino en mí. E1 brebaje
la despertó, pero no sabe cuál es y lo único que puede
hacer es repetir indefinidamente, pero cada vez con menos intensidad, ese
testimonio que no sé interpretar y que quiero volver a pedirle dentro
de un instante y encontrar intacto a mi disposición para llegar a
una aclaración decisiva. Dejo la taza y me vuelvo hacia mi alma.
Ella es la que tiene que dar con la verdad. ¿Pero cómo? Grave incertidumbre
ésta, cuando el alma se siente superada por sí misma, cuando
ella, la que busca, es justamente el país oscuro por donde ha de
buscar, sin que la sirva para nada su bagaje. ¿Buscar? No sólo buscar,
crear. Se encuentra ante una cosa que todavía no existe y a la que
ella sola puede dar realidad y entrarla en el campo de su visión.
Y otra vez me pregunto: ¿Cuál puede ser ese
desconocido estado que no trae consigo ninguna prueba lógica, sino
la evidencia de su felicidad, y de su realidad junto a la que se desvanecen
todas las restantes realidades? Intento hacerle aparecer de nuevo. Vuelvo
con el pensamiento al instante en que tomé la primera cucharada de
té. Y me encuentro con el mismo estado, sin ninguna claridad nueva.
Pido a mi alma un esfuerzo más, que me traiga otra vez la sensación
fugitiva. Y para que nada la estorbe en ese arranque con que va a probar
a captarla, aparto de mí todo obstáculo, toda idea extraña,
y protejo mis oídos y mi atención contra los ruidos de la
habitación vecina. Pero como siento que se me cansa el alma sin lograr
nada, ahora la fuerzo, por el contrario, a esa distracción que antes
le negaba, a pensar en otra cosa, a reponerse antes de la tentativa suprema.
Y luego, por segunda vez, hago el vacío frente a ella, vuelvo a ponerla
cara a cara con el sabor aún reciente del primer trago de té
y siento estremecerse en mí algo que se agita, que quiere elevarse;
algo que acaba de perder anda a una gran profundidad, no sé el qué,
pero que va ascendiendo lentamente; percibo la resistencia y oigo el rumor
de las distancias que va atravesando.
Indudablemente, lo que así palpita dentro
de mi ser será la imagen y el recuerdo visual que, enlazado al sabor
aquel, intenta seguirle hasta llegar a mí. Pero lucha muy lejos,
y muy confusamente; apenas si distingo el reflejo neutro en que se confunde
el inaprehensible torbellino de los colores que se agitan; pero no puedo
discernir la forma, y pedirle, como a único intérprete posible,
que me traduzca el testimonio de su contemporáneo, de su inseparable
compañero el sabor, y que me enseñe de qué circunstancia
particular y de qué época del pasado se trata.
¿Llegará hasta la superficie de mi conciencia
clara ese recuerdo, ese instante antiguo que la atracción de un instante
idéntico ha ido a solicitar tan lejos, a conmover y alzar en el fondo
de mi ser? No sé. Ya no siento nada, se ha parado, quizá desciende
otra vez, quién sabe si tornará a subir desde lo hondo de
su noche. Hay que volver a empezar una y diez veces, hay que inclinarse
en su busca. Y cada vez esa cobardía que nos aparta de todo trabajo
dificultoso y de toda obra importante, me aconseja que deje eso y que me
beba el té pensando sencillamente en mis preocupaciones de hoy y
en mis deseos de mañana, que se dejan rumiar sin esfuerzo.
Y de pronto el recuerdo surge. Ese sabor es el que
tenía el pedazo de magdelena que mi tía Leoncia me ofrecía,
después de mojado en su infusión de té o de tila, los
domingos por la mañana en Combray (porque los domingos yo no salía
hasta la hora de misa) cuando iba a darle los buenos días a su cuarto.
Ver la magdalena no me había recordado nada, antes de que la probara;
quizá porque, como había visto muchas sin comerlas, en las
pastelerías, su imagen se había separado de aquellos días
de Combray para enlazarse a otros más recientes; ¡quizá porque
de esos recuerdos por tanto tiempo abandonados fuera de la memoria, no sobrevive
nada y todo se va disgregando! ¡Las formas externas también aquélla
tan grasamente sensual de la concha, con sus dobleces severos y devotos,
adormecidas o anuladas, habían perdido la fuerza de expansión
que las empujaba hasta la conciencia. Pero cuando nada subsiste ya de un
pasado antiguo, cuando han muerto los seres y se han derrumbado las cosas,
solos, más frágiles, más vivos, más inmateriales,
más persistentes y más fieles que nunca, el olor y el sabor
perduran mucho más, y recuerdan, y aguardan, y esperan, sobre las
ruinas de todo, y soportan sin doblegarse en su impalpable gotita el edificio
enorme del recuerdo.
En cuanto reconocí el sabor del pedazo de
magdelena mojado en tila que mi tía me daba (aunque todavía
no había descubierto y tardaría mucho en averiguar el porqué
ese recuerdo me daba tanta dicha), la vieja casa gris con fachada a la calle,
donde estaba su cuarto, vino como una decoración de teatro a ajustarse
al pabelloncito del jardín que detrás de la fábrica
principal se había construido para mis padres, y en donde estaba
ese truncado lienzo de casa que yo únicamente recordaba hasta entonces;
y con la casa vino el pueblo, desde la hora matinal hasta la vespertina
y en todo tiempo, la plaza, adonde me mandaban antes de almorzar, y las
calles por donde iba a hacer recados, y los caminos que seguíamos
cuando hacía buen tiempo. Y como ese entretenimiento de los japoneses
que meten en un cacharro de porcelana pedacitos de papel, al parecer, informes,
que en cuanto se mojan empiezan a estirarse, a tomar forma, a colorearse
y a distinguirse, convirtiéndose en flores, en casas, en personajes
consistentes y cognoscibles, así ahora todas las flores de nuestro
jardín y las del parque del señor Swann y las ninfeas del
Vivonne y las buenas gentes del pueblo y sus viviendas chiquitas y la iglesia
y Combray entero y sus alrededores, todo eso, pueblo y jardines, que va
tomando forma y consistencia, sale de mi taza de té."
(Marcel Proust, Por el camino de Swann, RBA Editores
S.A., pp. 60-64)
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UNIDAD II. "¡Prohibido tocar el género! "
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AGRESSIONS A LES DONES: ‘LA MATÉ PORQUE ERA MÍA’
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Per quin estrany, pervers i terrible
mecanisme, tants homes peguen, cremen i maten a les "seves" dones, justament
a aquelles dones que han sigut (i potser són encara) companyes de
vida i de llit? Com es pot agredir en nom de "l'amor"? De quina mena d'amor
estem parlant? Com pot ser que una dona tingui més possibilitats
d'ésser agredida en la pròpia casa que passejant pel carrer
o viatjant sola? Com s'ha anat consolidant aquest "consens social" sobre
un dels aspectes més monstruosos de la violència masculina?
[…] Les normes, la moral, els principis, els drets
i els deures, que regeixen el matrimoni institucional han sigut sempre desiguals
pel que fa als homes i les dones. Així ha acabat incidint en el mateix
concepte de l'amor. Quan una dona diu "t'estimo", implícitament està
dient: "pots comptar amb mi", "vull estar amb tu" (acompanyar-te, escoltar-te,
ajudar-te... a tu i als nostres fills/es). Quan un home diu t'estimo, implícitament
està dient: "Compto amb tu" "Vull que estiguis amb mi" (que m'acompanyis,
que m'escoltis, que m'ajudis... a mi i als meus fills). És com si
l'amor, així institucionalitzat, fos un carril de direcció
única: de la dona cap a l'home. Així enteses les coses, quan
una dona es nega a continuar en aquest carril de direcció única,
el "seu" home se sent maltractat, estafat, enganyat, i, per tant, amb "tot
el dret" d'enfadar-se molt i de demanar "explicacions" a aquella "seva dona"
que ha trencat el pacte implícit en tots els "t'estimo" que s'han
anat dient al llarg del temps.
[…] Els homes maltracten a les dones quan "les volen"
(per ells i en exclusiva): el 95 % de morts de dones per la violència
dels seus homes, s'han donat en el moment en que elles estaven tramitant
la separació (o ja s'havien separat). O sigui, aquests homes han
matat a les seves dones perquè elles els havien abandonat: com els
nens petits que "no saben perdre" i esparraquen la joguina (però,
de veritat, i molt més terrible). Aquesta dependència terrible
d'alguns homes vers les "seves" dones (mares-amigues-amants), i la incapacitat
d'acceptar-la i de buscar-hi una solució, acaba convertint-se en
un acte monstruós: destruir allò que volies i no pots aconseguir.
[…] Si els homes fossin més solidaris en el
dolor (i no en la violència), si s'ajudessin quan se senten sols,
si aprenguessin a "saber perdre" amb dignitat, si aprenguessin a ser independents
de debò, les "seves" dones no haurien d'acabar massacrades.
[…] I les dones, per què ho aguanten? és
que són tontes? és que els hi agrada?... és una altra
de les preguntes "innocents" que fan molts homes, i també algunes
dones. La culpabilització de la víctima és un vell
recurs (molt feixista, per cert!): o són culpables perquè
"s'ho busquen" (se separen, abandonen, se'n van amb un altre, no cuiden
al marit, etc.), o són culpables perquè aguanten. La realitat,
però, és una altra, ben complexa i ben terrible. Les dones
maltractades no ho són, evidentment, ni per gust, ni per comoditat.
La dependència econòmica, sobre tot si hi ha fills/es pel
mig, és un dels paranys més grans quan una dona es troba amb
un marit violent, i una de les causes que els maltractes durin molt més
del que cap dona suportaria en altres condicions. La impotència,
la manca de suport social, familiar, policial, institucional, i sobre tot,
legal, fan la resta.
A nivell psicològic, hi juguen també
factors que se'ns escapen i que fan que hi hagi una "segona vegada" (que,
normalment, porta a una tercera, quarta, i així fins a la mort, per
moltes d'elles). La lògica ens diria que mai no hi ha d'haver una
"segona vegada", que a la primera que un home agredeix una dona, aquesta,
senzillament, l'abandona. Però no acostuma a ser així. I és
que, a més de tot el que ja hem dit, la primera vegada que l'home
que t'estima, l'home amb el que comparteixes la casa, el llit, el sexe,
els fills... amb el que has tingut moments bonics, alegres i divertits,
i al que tu t'estimes.... et dóna la primera bufetada, la sensació
de "no entendre res", la sensació de perplexitat impossibilita una
resposta clara. La gran majoria de dones no estem "preparades" per aquesta
pel·lícula. Això no surt a les novel·les roses, no és
el que ens han dit, ni el que esperem, i molt menys, el que volem. Moltes
dones, a més de la dificultat per abandonar a la primera, intenten
donar una explicació "racional" als fets, i la raó diu que
"no pot ser", i que hi deu haver "alguna raó" que se'ns escapa: Estava
borratxo?, ha perdut el control?, estava nerviós per la feina? no
sabia el que feia? no ho volia fer?... he fet jo alguna cosa malament?...
I en la recerca d'una resposta coherent i vàlida, ja ha arribat la
segona, i després la tercera, i així comença un llarg
infern.
La interiorització de la subordinació
per part de les dones cap els homes, el paper que socialment ens han assignat
de viure en funció de les necessitats de l'altre, l'aïllament
que envolta la vida de moltes dones, associat a una manca o absència
d'autoestima i de pèrdua de la pròpia identitat, fan que moltes
dones suportin l'infern i fins i tot perdin la capacitat de reacció.
Per acabar. Som moltes i molts els que ens esgarrifem
davant d'aquests fets. Però no n'hi ha prou. Hem d'exigir mitjans
per a les dones, recolzament social, econòmic, familiar i, sobretot,
legal. Però també cal que tots aquells homes que no participen
de la violència activa facin pinya i campanya per una manera diferent,
civilitzada i harmoniosa de solucionar els problemes conjugals dels seus
col·legues masculins, i entre tots i totes, donar el suport que calgui perquè
mai no arribi la "segona bufetada".
Rosa M. Cañadell, Psicóloga,
Membre de la Secretaria de la dona, D'USTEC. STEs
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DISEÑA TU MENSAJE PUBLICITARIO
Recomendaciones de Miguel A. Furones
|
1. Puede resultar útil para orientar la redacción del texto
del anuncio las reco-mendaciones que Miguel A. Furones nos da en El mundo
de la publicidad: "Ya hemos dicho que en publicidad no existen fórmulas
o recetas. Pero no es menos cierto que la experiencia de muchos creativos
a lo largo del tiempo permite apuntar una serie de recomendaciones que no
conviene olvidar a la hora de diseñar un mensaje publicitario. Esas recomendaciones,
en algunos casos, son generales y, en otros, específcas para un medio en
particular. Aquí nos limitaremos a recoger algunas válidas para el medio
prensa, donde, tarde o temprano, son muchas las personas que precisan poner
un anuncio. Estas son, pues, las principales recomendaciones para ese medio
cotidiano, la prensa:
- Antes de empezar a escribir, escriba. Coja un
papel y escriba qué se propone con el anuncio, cuáles son las ventajas de
su producto, ordenándolas de más a menos, a quién va dirigido el mensaje,
por qué razón les puede interesar su oferta, etc. Se trata de un buen ejercicio
para aclarar las ideas.
- Utilice un titular. No es casual que casi todos
los anuncios lo lleven: el titular fija la atención, si es bueno, incita
a leer el texto.
- Haga su oferta en el titular. Diversos estudios
demuestran que cuatro de cada cinco lectores no leen más que el titular.
Si usted deja su oferta para contarla en el texto, habrá desperdiciado el
80% de su esfuerzo y de su dinero.
- Si es posible, convierta su titular en noticia.
La noticia funciona siempre mejor, y más aún en los medios periodísticos
en los que el lector compra, precisamente, noticias.
- No tenga miedo a los titulares largos. En publicidad
es famosa esta frase: «No hay titulares largos o cortos, sino buenos y malos».
¡Y es cierto! El titular de Confidents tiene 38 palabras y, no obstante,
fue elegido en su día como uno de los mejores.
- Por la misma razón tampoco tema Ios textos largos.
Eso sí, sin decir nunca más de lo imprescindible. Si su oferta precisa de
una detallada información, no le importe darla. Pero cuando acabe de escnbir,
relea el anuncio, procurando tachar lo obvio: ya vera cómo el texto se acorta.
- Por favor, venda una sola cosa. Es verdad que
puede tener mil argumentos: pero, si los pone todos, el lector no recordará
ninguno. Escoja el argumento más contundente y convincente. Y olvide los
demás.
-Haga ver inmediatamente a quién se dirige para
atraer la atención de su consumidor potencial. Frases como «¿Busca piso?»
funcionan siempre, para los que buscan piso, claro.
- Sea original, pero, sin pasarse. La originalidad
siempre llama la atención, pero tiene un peligro: la incomprensión.
- Haga cada anuncio completo. Si piensa publicar
varios anuncios distintos, no reparta los argumentos entre ellos. Nadie
le puede asegurar que su consumidor potencial los verá todos. Por ello,
que cada anuncio venda el producto de principio a fin.
- Utilice el cierre como argumento final. En publicidad
se llama cierre a la última frase del anuncio, siempre que aparece destacada.
Sírvase de ella como un empujón final, y trate de sintetizar en ella todo
lo dicho antenormente.
- Si hace una promesa respáldela. Las promesas,
por sí solas, no sirven en publicidad. Acompáñelas de argumentos o estará
perdiendo el tiempo y la credibilidad.
- Sírvase de la ilustración para mostrar su producto
y apoyar el texto. Si la ilustración es simple adorno, elimínela: mejor
haga un limpio, estético y brillante anuncio tipográfico. Ahora bien, a
veces, la ilustración no solamente refuerza, sino que resulta imprescindible.
- Trate de imaginar dónde aparecerá el anuncio.
Usted puede hacer un precioso anuncio de media página: pero si en la otra
media está acompañado por otro que es horrible, el conjunto resultará, sin
duda alguna, horrible.
- Cuando el amuncio esté acabado, déselo a leer a varias
personas ajenas al tema. ¡Ya verá qué sorpresas se lleva! Puede suceder
que entiendan algo distinto de lo que quería contar. Si es así, averigüe
por qué y rectifique.
Se podrían recoger más normas, pero lo cierto es que si un anuncio tiene en
consideración estos puntos, no será malo. No obstante, anuncios que han demostrado
con creces su eficacia, olvidaron algunas de estas normas. Por ello es temerario
dogmatizar en publicidad".
|
UNA HABITACIÓN PROPIA
Virginia Woolf
|
"Y pensé en aquel anciano caballero, que ahora está
muerto, pero que era un obispo, creo, y que declaró que era imposible que
ninguna mujer del pasado, del presente o del porvenir tuviera el genio de
Shakespeare. Escribió a los periódicos acerca de ello. También le dijo a
una señora, que le pidió información, que los gatos, en realidad, no van
al paraíso, aunque tienen, añadió, almas de cierta clase. ¡Cuántas cavilaciones
le ahorraban a uno estos ancianos caballeros! ¡Cómo retrocedían, al acercarse
ellos, las fronteras de la ignorancia! Los gatos no van al cielo. Las mujeres
no pueden escribir las obras de Shakespeare.
A pesar de todo no pude dejar de pensar, mirando
las obras de Shakespeare en el estante, que el obispo tenía razón cuando
menos en esto: le hubiera sido imposible, del todo imposible, a una mujer
escribir las obras de Shakespeare en la época de Shakespeare. Dejadme imaginar,
puesto que los datos son tan difíciles de obtener, lo que hubiera ocurrido
si Shakespeare hubiera tenido una hermana maravillosamente dotada, llamada
Judith, pongamos. Shakespeare, él, fue sin duda -su madre era una heredera-
a la escuela secundaria, donde quizás aprendió el latín -Ovidio, Virgilio
y Horacio- y los elementos de la gramática y la lógica. Era, es sabido,
un chico indómito que cazaba conejos en vedado, quizá mató algún ciervo
y tuvo que casarse, quizás algo más pronto de lo que hubiera decidido, con
una mujer del vecindario que le dio un hijo un poco antes de lo debido.
A raíz de esta aventura, marchó a Londres a buscar fortuna. Sentía, según
parece, inclinación hacia el teatro; empezó cuidando caballos en la entrada
de los artistas. Encontró muy pronto trabajo en el teatro, tuvo éxito como
actor, y vivió en el centro del universo, haciendo amistad con todo el mundo,
practicando su arte en las tablas, ejercitando su ingenio en las calles
y hallando incluso acceso al palacio de la reina. Entretanto, su dotadísima
hermana, supongamos, se quedó en casa. Tenía el mismo espíritu de aventura,
la misma imaginación, la misma ansia de ver el mundo que él. Pero no la
mandaron a la escuela. No tuvo oportunidad de aprender la gramática ni la
lógica, ya no digamos de leer a Horacio ni a Virgilio. De vez en cuando
cogía un libro, uno de su hermano quizás, y leía unas cuantas páginas. Pero
entonces entraban sus padres y le decían que se zurciera las medias o vigilara
el guisado y no perdiera el tiempo con libros y papeles. Sin duda hablaban
con firmeza, pero también con bondad, pues eran gente acomodada que conocía
las condiciones de vida de las mujeres y querían a su hija; seguro que Judith
era en realidad la niña de los ojos de su padre. Quizá garabateaba unas
cuantas páginas a escondidas en un altillo lleno de manzanas, pero tenía
buen cuidado de esconderlas o quemarlas. Pronto, sin embargo, antes de que
cumpliera veinte años, planeaban casarla con el hijo de un comerciante en
lanas del vecindario. Gritó que esta boda le era odiosa y por este motivo
su padre le pegó con severidad. Luego paró de reñirla. Le rogó en cambio
que no le hiriera, que no le avergonzara con el motivo de esta boda. Le
daría un collar o unas bonitas enaguas, dijo; y había lágrimas en sus ojos.
¿Cómo podía Judith desobedecerle? ¿Cómo podía romperle el corazón? Sólo
la fuerza de su talento la empujó a ello. Hizo un paquetito con sus cosas,
una noche de verano se descolgó con una cuerda por la ventana de su habitación
y tomó el camino de Londres. Aún no había cumplido los diecisiete años.
Los pájaros que cantaban en los setos no sentían la música más que ella.
Tenia una gran facilidad, el mismo talento que su hermano, para captar la
musicalidad de las palabras. Igual que él, sentía inclinación al teatro.
Se colocó junto a la entrada de los artistas; quería actuar, dijo. Los hombres
le rieron a la cara. El director -un hombre gordo con labios colgantes-
soltó una risotada. Bramó algo sobre perritos que bailaban y mujeres que
actuaban. Ninguna mujer, dijo, podía en modo alguno ser actriz. Insinuó...
ya suponéis qué. Judith no pudo aprender el oficio de su elección. ¿Podía
siquiera ir a cenar a una taberna o pasear por las calles a la medianoche?
Sin embargo, ardía en ella el genio del arte, un genio ávido de alimentarse
con abundancia del espectáculo de la vida de los hombres y las mujeres y
del estudio de su modo de ser. Finalmente -pues era joven y se parecía curiosarnente
al poeta, con los mismos ojos grises y las mismas cejas arqueadas-, finalmente
Nick Greene, el actor-director, se apiadó de ella; se encontró encinta por
obra de este caballero y -¿quién puede medir el calor y la violencia de
un corazón de poeta apresado y embrollado en un cuerpo de mujer?- se mató
una noche de invierno y yace enterrada en una encrucijada donde ahora paran
los autobuses, junto a la taberna del "Elephant and Castle".
Esta vendría a ser, creo, la historia de una mujer
que en la época de Shakespeare hubiera tenido el genio de Shakespeare. Pero
por mi parte estoy de acuerdo con el difunto obispo, si es que era tal cosa:
es impensable que una mujer hubiera podido tener el genio de Shakespeare
en la época de Shakespeare. Porque genios como el de Shakespeare no florecen
entre los trabajadores, los incultos, los sirvientes. No florecieron en
Inglaterra entre los sajones ni entre los britanos. No florecen hoy en las
clases obreras. ¿Cómo, pues, hubieran podido florecer entre las mujeres,
que empezaban a trabajar, según el profesor Trevelyan, apenas fuera del
cuidado de sus niñeras, que se veían forzadas a ello por sus padres y el
poder de la ley y las costumbres? Sin embargo, debe de haber existido un
genio de alguna clase entre las mujeres del mismo modo que debe de haber
existido en las clases obreras. De vez en cuando resplandece una Emily Brönte
o un Robert Burns y revela su existencia. Pero nunca dejó su huella en el
papel. Sin embargo, cuando leemos algo sobre una bruja zambullida en agua,
una mujer poseída de los demonios, una sabia mujer que vendía hierbas o
incluso un hombre muy notable que tenía una madre, nos hallamos, creo, sobre
la pista de una novelista malograda, ..."
|
CARACTERÍSTICAS DEL TRABAJO
DOMÉSTICO
Una mirada otra
|
1. Puede resultar útil el resumen de las características del trabajo doméstico
extraído de Una mirada otra :
- Se realiza en el ámbito del hogar, del grupo familiar.
- Produce bienes para el autoconsumo familiar, inmediato
y privado.
- Comprende numerosas y variadas tareas: administración
del presupuesto familiar, compra y preparación del alimento cotidiano de
toda la familia, adquisición y mantenimiento de la ropa, el vestido y el
calzado (limpiar, planchar, costura), faenas de limpieza, organización y
cuidado del orden del hogar, adquisición y mantenimento de los electrodomésticos
y otros útiles del hogar.
- Un aspecto fundamental del trabajo doméstico es la cría
y atención de la infancia (alimento, higiene, salud, escuela, juegos...).
También abarca el cuidado de personas familiares viejas o enfermas.
- No tiene horario fijo, sino que abarca prácticamente
todo el día de la persona que lo realiza. Según Duran, M. A., en "Informe
sobre desigualdad familiar y doméstica", C.l.S., 1985, una ama de casa en
un hogar de cinco o seis personas tiene una jornada diaria doméstica de
10,40 horas: el promedio de horas que emplean las amas de casa en el trabajo
doméstico es de nueve horas.
- Se hace y se deshace, al menos en buena parte diariamente
y por lo tanto se trata de un trabajo rutinario y repetitivo.
- Es un trabajo ejercido tradicionalmente por las mujeres,
de niñas se fomenta su aprendizaje y se le considera como la actividad primordial
de la mujer: división sexual del trabajo. Requiere un aprendizaje complejo,
buena memoria, aptitudes organizativas, capacidad para el control y atención
de diversidad de tareas, habilidad manual, etc... Considerar natural que
la mujer se ocupe del trabajo doméstico favorece su relegación del trabajo
extradoméstico o que se dedique a él secundariamente.
- No es remunerado, carece de vacaciones y de jubilación
o asistencia social.
- En un número cada vez más creciente de casos el trabajo
doméstico es compartido por la mujer con el trabajo extradoméstico. Es lo
que se ha llamado la doble jornada laboral, ya que la mujer que trabaja
fuera de casa, después de cumplir su jornada laboral tiene que realizar
las tareas de ama de casa. Ello supone mayores dificultades de promoción
en el trabajo de fuera del hogar.
- El trabajo doméstico es considerado como un trabajo de
segundo orden. Al ser realizado por mujeres en la esfera de lo privado y
no entrar en las relaciones de mercado no tiene ningún reconocimiento social.
Se considera como una actividad subsidiaria inferior. Sin embargo, todas
las tareas que el ama de casa realiza son remuneradas en el caso de ser
realizadas por personas ajenas a la familia.
2. Un análisis comparativo de las características del espacio
doméstico-público (organizado en torno a la remuneración, la interacción
social, los afectos y la participación en la cosa pública) alternativo de
la caracterización anterior, se puede encontrar en Aguasvivas Catalá y Enriqueta
García, ¿Qué quieres hacer de mayor? O la transición desde la
coeducación, Generalitat Valenciana, 1989, pp.47-48. Además, el análisis
que realizan en las páginas 57-58 -ateniéndose a las preguntas quién
hace qué, dónde, cuándo, para quién, cómo y por qué- puede sustituir al
reproducido en el Navegador 1. Además sirve de plantilla de revisión de
una posible actividad alternativa: ¿Tiempo libre en casa? en la que
se plantea la elaboración de una cronología de un día cualquiera: hora,
tarea, ¿quién lo hace?, ¿para quién? Y las preguntas que se plantean al
alumno son: ¿Cuánto tiempo libre tienes al día? ¿Qué sueles hacer con ese
tiempo? De todos los componentes de tu casa, ¿quién tiene menos tiempo libre
para dedicarse a sí mismo? ¿Por qué?
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TRES JUEGOS
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2. Juegos que están pensados para fomentar la autoestima
y el descubrimiento de aspectos positivos en cada participante, es decir,
formarse una adecuada imagen de sí mismo que sea capaz de destacar aspectos
positivos (juegos b y c) frente a los que habitualmente se señalan (que
son negativos, a):
(a) SEEI. Este juego consiste en hacer conscientes
a los alumnos de las valoraciones, positivas y negativas, que reciben a
lo largo de un periodo de tiempo prolongado (el mínimo indicado sería todo
un día, aunque es preferible toda una semana). El objetivo es desarrollar
la capacidad de relación y ser conscientes de las diversas formas de valoración
a las que los demás nos someten diariamente. El material necesario es una
ficha de cartulina, rotuladores y celo. Las instrucciones: Todos los participantes
han de llevar la ficha con las iniciales SEEI (Soy Encantador/Estupendo
e Inteligente). Puede ir en un bolsillo o colgada del pecho (los atrevidos
necesitarían un imperdible, claro está). Ha de acompañarnos desde la mañana
a la noche y, cada vez que alguien nos califique negativamente, nos riña
o critique, debemos arrancarle un trozo. Trozo que restituiremos con celo
cada vez que recibamos un comentario positivo, alabanza o felicitación.
Sería importante que apuntáramos brevemente, en un papel o al dorso de la
ficha, el motivo o la ocasión que han provocado la rotura o la reposición.
En la puesta en común cada uno intenta reproducir los momentos en los que
los demás lo han valorado positiva o negativamente. La evaluación de la
dinámica puede guiarse con cuestiones del tipo: Analiza las diferentes reacciones
de la gente que te rodea y los motivos por los que somos criticados o felicitados.
¿Qué tipo de comentarios son los más frecuentes? ¿En qué situaciones? ¿Con
qué tipo de persona? (Fuente: L'alternativa del joc II)
(b) Mi árbol. El juego consiste en que cada
uno de los participantes (grupo de trabajo, grupo aula) dibuje su árbol,
indicando en él sus cualidades, destrezas, actividades que desarrolla y
los logros o éxitos conseguidos. El objetivo es favorecer el conocimiento
tanto de uno mismo como el de los demás, estimulando la asertividad y la
valoración positiva de uno mismo y la de los demás. Este juego puede mejorar,
también, la confianza y la comunicación del grupo. El material necesario
es el de escritura: un folio y lápices o rotuladores. Las instrucciones
serían: "Cada persona va a dibujar un árbol, el suyo, el que prefiera. El
árbol tendrá raíces, ramas, hojas y frutos. En las raíces anota las capacidades,
cualidades, habilidades que crees tener. En las ramas puedes apuntar las
cosas positivas que haces, las actividades que llevas a cabo y que te gustan.
Y en los frutos, junto a las hojas, escribe los logros de los que te enorgulleces,
los éxitos que has cosechado. No tienen que ser espectaculares, sólo tuyos."
Una vez que han acabado su tarea, se realiza una puesta en común en la que
cada participante puede añadir "raíces", ramas o frutos que los demás le
reconozcan o señalen. ¡Ojo! Hay que ser respetuoso con los demás y respetar
la regla de ser positivo, de señalar rasgos que nos gusten y no de criticar
o indicar defectos. La evaluación de la dinámica puede guiarse con cuestiones
como: ¿te valoras suficientemente? ¿Qué te ha resultado más difícil? ¿Valoran
los demás cosas en las que no te habías fijado o a las que no dabas importancia?
¿Cómo te has sentido realizando la actividad? ¿Por qué tenemos dificultades
para expresar cualidades propias? (Fuente: L'alternativa del joc II)
(c) Autoafirmación. El juego consiste en
descubrir al menos 4 valores positivos de uno mismo. El objetivo es favorecer
la propia autoestima y la aceptación de uno mismo. El material necesario
es el de escritura y fichas (octavillas) de papel. Las instrucciones: El
grupo de los participantes ha de sentarse en círculo. El profesor invita
a cada persona a que, sin hablar ni mirar a nadie, escriba en la ficha las
características positivas de sí mismo que más valora. Debe buscar un mínimo
de 4. Pueden expresarse con una palabra, una frase o un dibujo. Hay que
recalcar que todos tenemos muchas más de 4 y sería conveniente que nosotros
también participáramos en el ejercicio, ya que esto animaría al grupo. La
puesta en común ha de realizarse en silencio. Cada uno le muestra a los
demás, de forma que puedan leerla, la ficha que ha elaborado. Esto puede
hacerse paseando con el papel en la mano (gran grupo) o por parejas rotatorias.
También cabe la posibilidad de que posteriormente se formen parejas o tríos
con aquellos que quieran preguntarse más detalladamente sobre lo que han
escrito. La evaluación de la dinámica puede guiarse con cuestiones del tipo:
¿cómo nos hemos sentido? ¿Nos cuesta encontrar aspectos positivos de nosotros
mismos? ¿Por qué? ¿Qué imagen tenemos de nosotros mismos? ¿Nos aceptamos
tal y como somos? ¿Influye lo que los demás esperan de nosotros? ¿Existe
algún problema en afirmar lo que más nos gusta de nosotros mismos? (Fuente:
L'alternativa del joc II)
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LOS HOMBRES Y LA VIOLENCIA
Michael Kaufman
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"Mucha gente
piensa que los hombres están predispuestos por naturaleza a la agresión
y la brutalidad. Sin embargo, los científicos que estudian la naturaleza
informan que la violencia es una posibilidad dentro del comportamiento humano,
pero no por ello inevitable, y que la mitad de las sociedades tribales investigadas
no son violentas o lo son a niveles muy bajos. En algunas sociedades no
existe la violación, ni el maltrato a la esposa, ni las peleas, ni la guerra.
Todo ello es la mejor prueba que tenemos de que la especie humana, en general,
y los hombres, en particular, no están genéticamente programados para la
violencia.
De tal manera, que si la violencia no es una necesidad
biológica, entonces debe de tener lugar el aprendizaje de este comportamiento.
Es cierto que estarnos rodeados por violencia. A la edad de 18 años, los
niños han visto en televisión 18.000 muertes violentas, además observan
la brutalidad en los deportes y oyen a respetados líderes políticos explicar
por qué es necesario empezar una nueva guerra. Además, los niños son pegados
por sus padres y ven como éstos se pelean, aprendiendo, así, que la violencia
y el amor van juntos. Los científicos, tras estudiar todos estos comportamientos,
nos dan la clave sobre lo que debemos hacer para cambiar las cosas. Ellos
nos informan de que las sociedades con poca o ninguna violencia son más
o menos igualitarias; que los hombres no controlan a sus mujeres y que un
hombre no manda sobre otro. Por otro lado, las sociedades más violentas
se caracterizan por la dominación del hombre.
Los hombres no sólo han utilizado
la violencia para mantener el poder y el control sobre las mujeres u otros
hombres, sino que han aprendido a pensar en el poder como su capacidad para
dominar y controlar el mundo, la gente a su alrededor y sus propias emociones.
El poder es comparado con la masculinidad, y puede ser ejercido de diferentes
maneras: con dinero, ideas, encanto, cerebro o fuerza bruta. Cualquiera
que sea el método, los hombres hemos aprendido que ser un hombre significa
algún tipo de poder y control. La mayoría de los hombres no son violentos,
pero sentimos que tenemos que estar en lo alto, al menos en algún aspecto
de nuestras vidas. El problema es que muchos hombres sienten que no tienen
el control. Si se equipara ser un hombre con tener poder, la falta de éste
puede hacer que te sientas incompleto, inadecuado, impotente ¿Qué hacen
los hombres a este respecto? Muchos utilizan el acoso sexual, el abuso y
la violencia como una forma inconsciente de conseguir su equilibrio masculino,
su sentido de que realmente son hombres. Acosadores, violadores, maltratadores
y asesinos de mujeres no están necesariamente locos. Son hombres con dolor,
que cogieron el mensaje de que deben dominar para ser hombres.
Por ello, nuestro mensaje para cambiar las cosas
es el siguiente: si la desigualdad entre hombre y mujer es el origen de
la violencia masculina, debemos considerar la igualdad como un logro clave
para el cambio. El feminismo es una visión de igualdad entre el hombre y
la mujer. Es una visión de liberación para las mujeres. Es, como cada día
más hombres están descubriendo, una liberación para los propios hambres,
que los libera de las luchas por el poder, las presiones para competir,
la distancia emocional de los hijos/as de otros hombres y de las mujeres
y de la violencia que caracteriza nuestras vidas de una u otra manera. Es
por ello que durante una semana al año, que comienza el 25 de noviembre,
millones de hombres en Canadá, y cada día más de todo el mundo, llevan un
lazo blanco. Es la promesa pública de que nunca se comprometerán, condonarán
o permanecerán silenciosos ante la violencia contra las mujeres y que serán
padres más activos preocupados y amorosos sirviendo de ejemplo a sus hijos
e hijas y a los hombres de su alrededor, y que se comprometen a analizar
el sexismo en nuestras vidas. La Campaña del Lazo Blanco es la declaración
de que, incluso si no se es parte del problema, todos podemos ser parte
de la solución. Más que cualquier otra cosa, la Campaña del Lazo Blanco
es un mensaje de amor sobre la bondad de los hombres."
Michael Kaufman es director internacional de la
campaña del Lazo Blanco.
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JOHN, EL ÚLTIMO SALVAJE
DEL SIGLO
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"Aceptado por los científicos como la prueba viviente
de que el hombre y ciertas familias de primates pueden llegar a convivir,
John Ssabunnya, un tímido adolescente de Uganda que huyó a la jungla hace
diez años, cuando tenía cinco, tras el asesinato de su madre, ha protagonizado
un documental de la BBC sobre su extraordinaria aventura titulado "La
prueba viviente: el niño que vivió con los monos". El relato de su
relación con un grupo de simios vervet y su vida actual adoptado por los
directores del orfanato donde fue recogido y de gira por el Reino Unido
con un coro musical, ha asombrado y conmovido por igual a los británicos.
He aquí la historia del último niño salvaje del siglo, elaborada a partir
del citado reportaje de televisión.
John, el último niño salvaje del
siglo.
Un adolescente de Uganda revive para la BBC su vida
con monos tras huir de su casa con 5 años.
Isabel FERRER, Leicester.
Nadie recuerda con claridad los hechos en Kabonge,
una pequeña aldea ugandesa situada a unos 30 kilómetros al norte de la capital,
Kampala. La verdad es que han pasado diez años desde que John Ssabunnya,
uno de los vecinos, asesinara a su mujer en una riña conyugal y huyera dejando
atrás un huérfano de cinco años, el pequeño John. Pero el tiempo transcurrido
no explica por sí solo la nebulosa que envuelve el parricidio y posterior
desaparición del chico, que sufre un cierto retraso mental. Otro suceso
mucho más acuciante, la guerra civil que asoló Uganda durante los años ochenta,
había distorsionado antes la realidad de los 200 habitantes del poblado.
Obligados a vivir en permanente estado de vigilia por culpa de los choques
entre militares y guerrilla, la tragedia íntima de los Ssabunnya
pasó a convertirse enseguida en un asunto policial. Cuando se dieron cuenta
de que Johnny había desaparecido, ya no fue posible hallar su rastro. Poco
podía imaginar la gente que el niño, horrorizado por el crimen, había huido
a la jungla. A fin de cuentas, ese era el refugio buscado por el pueblo
entero para evitar las masacres del conflicto civil. Todo el mundo se había
escondido allí en algún momento, pero con una diferencia: una vez pasado
el peligro regresaban con cautela a sus hogares. La desaparición del pequeño
tendría, sin embargo, consecuencias inesperadas. Perdido en la espesura,
asustado, hambriento, estaba a punto de protagonizar un encuentro que los
psicólogos y expertos en comportamiento animal más reputados del mundo hubieran
deseado poder contemplar con todas sus fuerzas. El chico iba a ser admitido
como uno más por una familia de monos vervet de los pocos grupos de primates
que viven entre el suelo y los árboles y cuya dieta, a base de jugosa fruta,
les permite subsistir sin beber apenas agua. Ajeno al revuelo que su singular
encuentro levantaría meses después, cuando fue rescatado, John recreó de
forma espontánea dos de los mitos más sugestivos de la literatura universal.
Por un momento fue Mowgli, el niño salvaje que vive a gusto en la jungla
india descrita por Rudyard Kipling. Emular a Tarzán, el otro personaje selvático
legendario, salido de la pluma de Edgard Rice Burroughs, le fue imposible.
Johnny regresó a la civilización en plena infancia y de la mano de Mammy
Sebba, una vecina. "Había oído hablar de monos capaces de engendrar seres
que parecían personas, pero nunca creí semejantes historias. Cuando reparé
en John no daba crédito a mis ojos. Hasta miré a ver si tenía cola,
la verdad". Mammy recordaba todavía la historia de los Ssabunnya cuando
una mañana chocó casi con el niño perdido Había ido con otras mujeres a
buscar leña a un claro de la selva próximo a Kabonge. Un grupo de monos
vervet, que se comen las cosechas al menor descuido y hasta entran en la
aldea a robar comida, no dejaba de molestarles. Mammy cogió un palo del
suelo y los ahuyentó a bandazos. Acostumbrados a los hombres, los
monos se resistían a marcharse. "De repente vi que trataban de proteger
a uno del grupo. Me acerqué y le di con el palo. Cuando cayó al suelo no
podía creerlo. Era un niño y estaba sucio. Lleno de heridas y costras y
con el cabello y las uñas muy largas. Aturdida, Mammy le llevó de vuelta
al poblado. Sin poder hablar, gateando y seguramente más confuso que nunca,
John salió de la selva para siempre sin pompa alguna. Ahora que está a punto
de cumplir 15 años cree que convivió con los monos alrededor de un año.
Nadie puede saber cuánto tiempo estuvo allí dentro, pero su aventura tiene
un valor inmenso para los estudiosos que le han conocido. Como ya sabía
hablar antes de perderse en la selva, es el único niño salvaje de la historia
capaz de contar lo sucedido a su manera. "Mis padres se peleaban constantemente
y él la mató. Por eso me fui a la jungla. Creí que papa me pegaría o me
mataría luego a mí. (John Ssabannya padre acabaría sui-cidándose).
En la selva estuve solo hasta que vi a los monos. Se me acercaron y me dieron
bananas. Comí lo mismo que ellos, pero no había agua". Intimidado por las
visitas de los expertos y tal vez también por las cámaras de televisión,
John habla despacio de su insólito pasado. Recuerda cosas propias de un
niño de cinco años, la edad que tenía al perderse, como por ejemplo:
"Al principio no podía correr como los monos, pero luego ya sí". O bien:
"Jugábamos todo el tiempo", un pensamiento rotundo que ha ocupado el lugar
del hambre, el frío, incluso el miedo que también sentía. Entre sus asombrados
interlocutores hay un hombre que le conoce ahora mejor que nadie. Es Paul
Wassuna, su padre adoptivo y director del orfanato adonde fue llevado a
su regreso de la selva . "La primera vez que vi a John debía ser noviembre
o tal vez diciembre. Era un crío delgado, lleno de heridas y con el pelo
muy largo. Las uñas le habían crecido tanto que empezaban ya a encarnarse
en los dedos. Yo también soy huérfano y pedí permiso a las autoridades locales
para llevármelo a casa". El orfanato que dirigen Paul y su esposa, Molly,
está en Masaka, a 160 kilómetros de Kabonge. De los casi 1500 huérfanos
que acogen por culpa del hambre, el sida y la guerra, un centenar tiene
al matrimonio como tutores legales. A John, al que califican de "chico maravilloso",
lo han adoptado y reside con ellos, y otros seis hijos propios. Ambos estaban
con él cuando llegaron dos visitas inesperadas en busca del niño que, además
de ser su nuevo retoño, puede ser la prueba viviente de que algunos primates
aceptan la convivencia con el hombre. Uno de los viajeros es Douglas Candland,
psicólogo estadounidense de la Uni-versidad de Buckneell (Pensilvania),
que se ha hecho famoso por sus estudios sobre el comportamiento de los animales.
La aventura de John era para él la culminación de toda una vida dedicada
a analizar la mente humana y las reacciones del mundo animal. "Hay tantas
historias falsas de niños salvajes... pero ésta parecía fiable. Tenia que
averiguarlo". Una vez en Uganda se le unió Debbie Cox, directora de un centro
especializado en devolver a su entorno a los primates sacados ilegalmente
de la selva. Para estar seguros de que John, había convivido con monos tenían
que devolverle a ellos. Dicho reencuentro les demostraría si una persona
puede ser aceptada por unos simios aficionados a llevarse comida de las
aldeas. La esperada cita entre el niño y los monos tal vez no fuera solemne,
pero consi-guió enmudecer a los dos expertos. John había señalado primero
en un libro la familia exacta de primates, los vervet, con los que dice
que estuvo. Una hazaña científica, si tenemos en cuenta que el mencionado
volumen, mostrado por Douglas Candland, incluye imágenes de todos los simios
imaginables. "Dar con el tipo exacto de mono es difícil hasta para un investigador.
Además, los vervet son los únicos que podían haberle tolerado. Pasan largos
ratos en el suelo, comen mucha fruta y trepan a los árboles, desde luego.
Pero a los cinco años un niño ya puede intentar algo así". Candland decía
todo esto en voz baja, mientras Debbie Cox añadía que la fruta tiene suficiente
agua como para sobrevivir. Antes de que pudieran continuar, la actitud de
John hacia los monos les dejó boquiabiertos. El chico se había acercado
a una familia de vervet que estaba comiendo sentada en el suelo. Sin mirarles
a los ojos, para que no creyeran que iba a atacarles, abría la mano, que
estaba vacía. Luego se puso a jugar con ellos a algo parecido al pilla pilla
de los niños en la escuela. Paul y Molly Wassuna sonreían y John parecía
en su elemento. Junto a ellos, Candland y Cox creían haber despejado por
fin sus dudas. "Ha estado entre monos, seguro. No les mira de frente para
evitar que se revuelvan contra él o huyan. En cuanto a la mano, les muestra
que no tienen nada que temer. Son dos trucos que cuesta años de observación
adquirir, y él lo ha hecho de forma espontánea. Supongo que lo único que
no sabremos nunca es cuanto tiempo pasó en la selva'', concluyeron los científicos,
ganados por la sencillez de un muchacho tímido que suele contarle al resto
del orfanato su aventura en la selva. Cuando lo hace de noche y a la luz
del fuego, cualquiera diría que ha leído las aventuras de los otros niños
de junglas literarias. Pero no. John habla de la suya, que era auténtica.
Futuro cuidador de su 'familia'
En cierto modo, la historia de John Ssabunnya,
que se perdió en la selva y vivió para contarlo, parece hecha a medida
de un país como Uganda. El África oriental, con su culto al mundo espiritual
trufado de magia, es el lugar perfecto para una leyenda. Sin embargo,
no todos los llamados niños salvajes de la historia recorrieron junglas
tan lejanas. A finales del XIX, una campesina francesa encontró a un niño
lobo en pleno bosque. Llevaba el cabello muy largo, corría como un animal
y fue rescatado y analizado por estudiosos de toda clase. Convertido en
un personaje famoso, el chico acabó haciéndose famoso en París bajo el
nombre de Víctor. Una cosa, eso sí, le diferencia de John: nunca aprendió
a hablar. Las niñas lobo de la India también han pasado a los anales de
la ciencia. Cuando las encontraron iban a gatas, mataban pájaros y pequeños
animales con los dientes y no aprendieron a comunicarse con palabras.
Las notas tomadas por sus cuidadores aseguran que nunca lograron ponerse
en pie. De todos modos algunos expertos creen que podía tratarse de dos
pequeñas con un profundo retraso mental. Por otra parte, no se tiene noticia
de que los lobos hayan aceptado o alimentado a un niño como si fuera suyo.
El caso de John Ssabunnya es distinto. Para sus padres adoptivos, Paul
y Molly Wassuna, es el mejor ejemplo de que el amor "obra milagros" en
las personas. El chico sigue siendo tímido y poco hablador, pero les ha
acompañado en la gira que el coro del orfanato que dirigen hace estos
días por el Reino Unido. En junio pasado también viajó a Estados Unidos
para participar en un campeonato infantil de fútbol representando a Uganda.
"Es un juego que le encanta". Si todo sale bien, el próximo año volverá
con ellos a cantar a Alemania, Suecia y Dinamarca. Dentro de poco necesitará
un empleo, y Paul, que se reconoce muy afortunado, cree haberlo encontrado
ya. Después de verle relacionarse con los monos vervet, la directora del
centro para animales salvajes de Uganda, Debbie Cox, que visitó a John
junto con el psicólogo Douglas Candland, le ha propuesto tabajar como
guarda. El chico aprovecharía así su familiaridad con unos simios que
no le rehúyen ni atacan. "Necesitará primero algún tipo de entrenamiento,
claro, pero el centro, que es el más grande del país, está muy cerca del
orfanato. Él estaría ocupado y nosotros no perderíamos el contacto.
Es una oportunidad que no se presentará dos veces", dice Paul. John, entretanto,
pasa por su lado, accede a cantar un poquito al teléfono y vuelve con
sus amigos. "Era una canción sobre la necesidad de seguir cantando para
ahuyentar los males", aclara divertido el padre adoptivo. Un ejercicio
que ya sólo será musical para John Ssabunnya, el niño que sobrevivió a
la selva."
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JOHN DE LA SELVA
El País, 7 de octubre 1999
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John de la selva Un niño ugandés
de 15 años que fue cuidado por los monos llega a Reino Unido para cantar
en un coro.
ISABEL FERRER. Leicester
Mowgli y Tarzán, los niños salvajes más famosos
de la literatura universal, tienen un compañero auténtico. Se llama John
Ssabunnya nació en Uganda hace probablemente 15 años y fue adoptado en
su infancia por una colonia de monos en plena jungla. Ayer llegó al Reino
Unido para cantar con el coro The Pearl of Africa Children Choir, una
formación musical que le ha ayudado a recuperar el contacto con la civilización.
Según los psicólogos y expertos en comportamiento animal que le han tratado,
no hay duda de que ha estado entre primates y es capaz de comunicarse
con ellos. Su extraordinaria aventura y la tragedia familiar que la provocó
vertebran un documental titulado "La prueba viviente: el niño que
vivió con los monos", que será emitido la próxima semana por la BBC.
Cuando tenía 5 ó 6 años, John vio como su padre asesinaba a la
madre. Horrorizado, escapó a la jungla y allí permaneció escondido sin
saber que su progenitor acabó suicidándose. Uno o dos años después, un
grupo de mujeres recogía leña en un claro de la selva cercano a su aldea.
Una familia de monos Vervet les molestaba. Hasta aquí, la escena era de
lo más cotidiana. Uno de los simios, no obstante, les llamó la atención.
Gritaba y corría como los demás y estaba muy sucio, pero no tenía pelo
en el cuerpo. Al acercarse, las mujeres descubrieron que era el niño que
desapareció tras la violenta muerte de sus padres. Incapaz de andar erguido
y pronunciando extraños sonidos que sólo los monos reconocen John fue
separado de éstos y llevado a un orfanato estatal en Campala. Convertido
en la prueba viviente de que al menos ciertos primates son capaces de
acoger y alimentar a un ser humano, empezó entonces para el chico una
aventura todavía más dura. Estaba desnutrido y lleno de parásitos. Había
olvidado su lengua y prefería la compañía de los monos a las personas.
Paul y Molly Wassuna, los directores del orfanato, le cuidaban y acabaron
adoptándole, pero necesitaban ayuda. Si nunca hubiera desaparecido en
la selva, el chico sería descrito como un menor con problemas de
comportamiento. Un caso difícil o incluso de retraso mental, que no acababa
de adaptarse ni de hablar correctamente. Tenía, eso sí, una buena
voz y el canto podía ayudarle a vivir en el mundo que abandonó a toda
prisa. Cuando Douglas Candland, un psicólogo estadounidense considerado
uno de los mayores expertos mundiales en comportamiento animal, fue avisado
de que había una especie de Tarzán en Uganda, lo primero que hizo fue
dudar de la veracidad de la historia. Una vez con toda la documentación
en su poder, pudo más la curiosidad científica y salió de la Universidad
de Buckneell, en el estado de Pensilvania, dispuesto a conocerle. Una
vez en África se le unió Debbie Cox, directora de un asilo para animales
salvajes en Uganda y especializada en devolver a su entorno a los monos
que han sido cazados ilegalmente. El huérfano se reunió con un grupo de
monos cuando ya era un adolescente de 14 años. Llevaba mucho tiempo alejado
de los simios. Su primera reacción enmudeció a los expertos: sabía cómo
comunicarse con los animales y se encontraba a gusto con ellos. Candland
y Cox decidieron tratar de descifrar el lenguaje que compartieron el hombre
y el mono. Según la BBC, el programa no trata de presentar a John como
la encarnación de un mito. Es un niño que padece todavía una depresión
y al que le cuesta relacionarse con las personas. Hacia los monos sigue
manteniendo una actitud protectora.
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UNIDAD III.
Sentir, pensar, hacer la amistad
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Declaración de derechos
de Virginia (1776)
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"1. Todos los hombres son por
naturaleza igualmente libres e independientes, y poseen ciertos derechos
inherentes a su persona, de los que, cuando entran a formar parte de una
sociedad, no pueden ser privados por ningún convenio; a saber: el
goce de la vida y libertad y los medios de adquirir y poseer la propiedad
y de buscar y conseguir la felicidad y la seguridad.
2. Todo poder reside en el pueblo
y, por consiguiente, deriva de él; los magistrados son sus delegados
y sirvientes y en cualquier ocasión son responsables ante aquél.
3. El gobierno está o debe
estar instituido para el beneficio, protección y seguridad común
del pueblo, nación o comunidad. De las distintas formas o modos de
gobierno la mejor es la que sea capaz de producir el mayor grado de felicidad
y seguridad, y la más segura contra el peligro de la mala administración;
cuando cualquier gobierno sea inadecuado o contrario a estos propósitos,
una mayoría de la comunidad tiene un indudable, inalienable e inquebrantable
derecho a reformarlo, alterarlo o abolirlo en la forma que se juzgue más
conveniente para la seguridad pública.
4. Ningún hombre, o grupo
de hombres, tiene derecho a monopolizar o segregar emolumentos o privilegios
de la comunidad, si no es en razón de sus servicios públicos;
que, al no ser transmisibles, no tienen derecho a considerarse hereditarios
los oficios de magistrado, legislador o juez.
5. Los poderes legislativo y ejecutivo
del Estado deben separarse y distinguirse del judicial; los miembros de
los dos primeros deben mantenerse al margen de la opresión, mediante
la participación en las preocupaciones del pueblo; y en determinados
períodos, deben volver a su situación privada, regresando
al cuerpo del que originariamente salieron, y las vacantes se cubrirán
por elecciones frecuentes, justas y regulares, en las que todos, o una parte
de los miembros, sean de nuevo elegidos o no elegidos, según las
leyes lo determinen.
6. Las elecciones de miembros que
actúan como representantes del pueblo en la asamblea deben ser libres;
todos los hombres que tengan evidencia suficiente del común interés
tienen derecho al sufragio, y no se les pueden imponer impuestos o expropiar
su propiedad, sin su consentimiento o el de sus representantes así
elegidos, ni limitar mediante ninguna ley a la que no hayan, de forma semejante,
asentido en pro del bien público.
7. Todo poder de suspensión
o ejecución de leyes por cualquier autoridad que carezca del consentimiento
de los representantes del pueblo, es injurioso a sus derechos, y no debe
ser ejercido.
8. En todo proceso criminal, cualquier
hombre tiene derecho a exigir la causa y naturaleza de su acusación,
a ser enfrentado con sus acusadores y testigos, a reclamar pruebas en su
favor, y a un juicio rápido a través de un jurado imparcial
de su vecindad, sin cuyo unánime consentimiento no puede ser juzgado
culpable; ni puede ser obligado a mostrar pruebas contra sí mismo;
ningún hombre sea privado de su libertad si no es en virtud del derecho
de la ley de la tierra o del juicio de sus iguales.
9. No debe exigirse una excesiva
fianza, ni imponerse multas cuantiosas, ni infligirse castigos crueles o
no acostumbrados.
10. Se consideran gravosas y opresivas
y no deben tolerarse las órdenes de prisión generales, mediante
las cuales se envía a un funcionario a investigar lugares sospechosos
sin pruebas de un hecho cometido, o a apresar personas no nombradas concretamente,
o cuyo delito no está descrito particularmente y apoyado con prueba
alguna.
11. En las controversias que se
refieren a la propiedad y en los litigios entre hombres, es preferible a
cualquier otro el antiguo juicio mediante jurado, que debe considerarse
sagrado.
12. La libertad de imprenta es uno
de los grandes baluartes de la libertad y no puede ser restringida sino
por gobiernos despóticos.
13. Un ejército organizado,
formado por el cuerpo de los ciudadanos preparados para las armas, es la
adecuada y natural salvaguardia de un Estado libre; los ejércitos
permanentes en tiempo de paz deben evitarse como peligrosos para la libertad;
en todos los casos, los militares deben estar estrictamente subordinados
al poder civil y gobernados por él.
14. El pueblo tiene derecho a un
gobierno uniforme y, por tanto, ningún gobierno separado o independiente
del de Virginia puede erigirse o establecerse dentro de los límites
de éste.
15. Ningún gobierno libre,
ni los beneficios de la libertad, pueden conservarse en ningún pueblo
sino por una firme adhesión a la justicia, moderación, templanza,
austeridad y virtud y mediante el frecuente recurso a los principios fundamentales.
16. La religión, es decir,
el deber que tenemos hacia nuestro Creador, y la manera de realizarlo, debe
orientarse exclusivamente por la razón y la convicción, no
por la fuerza o la violencia; y, por tanto, todos los hombres tienen el
mismo derecho al ejercicio libre de la religión de acuerdo a los
dictados de su conciencia; es deber mutuo de todos practicar hacia los demás
la clemencia, amor y caridad cristianas".
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Declaración de derechos
del hombre y del ciudadano (1789)
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"Los representantes del pueblo
francés, constituidos en Asamblea Nacional, considerando que la ignorancia,
el olvido o el desprecio de los derechos del hombre son las únicas
causas de las desgracias públicas y de la corrupción de los
gobiernos, han resuelto exponer, en una declaración solemne, los
derechos naturales, inalienables y sagrados del hombre, para que esta declaración,
constantemente presente a todos los miembros del cuerpo social, les recuerde
sin cesar sus derechos y sus deberes; para que los actos del poder legislativo
y los del poder ejecutivo, pudiendo en cada instante ser comparados con
el objeto de toda institución política, sean más respetados;
para que las reclamaciones de los ciudadanos, fundadas desde ahora sobre
principios simples e incontestables, redunden siempre en el mantenimiento
de la Constitución y en la felicidad de todos. En consecuencia la
Asamblea nacional reconoce y declara, en presencia y bajo los auspicios
del Ser supremo, los siguientes derechos del hombre y del ciudadano.
a.l. Los hombres nacen y permanecen
libres e iguales en derechos. Las distinciones sociales no pueden fundarse
más que sobre la utilidad común.
a.2. El objeto de toda asociación
política es la conservación de los derechos naturales e imprescriptibles
del hombre. Estos derechos son la libertad, la propiedad, la seguridad y
la resistencia a la opresión.
a.3. El principio de toda soberanía
reside esencialmente en la Nación. Ningún cuerpo ni individuo
puede ejercer autoridad que no emane expresamente de ella.
a.4. La libertad consiste en poder
hacer todo aquello que no dañe a un tercero; por tanto el ejercicio
de los derechos naturales de cada hombre no tiene otros límites que
los que aseguren a los demás miembros de la sociedad el disfrute
de estos mismos derechos. Estos límites no pueden ser determinados
más que por la ley.
a.5. La ley no tiene derecho de
prohibir más que las acciones nocivas a la sociedad. Todo lo que
no está prohibido por la ley, no puede ser impedido, y nadie puede
ser obligado a hacer lo que ella no ordena.
a.6. La ley es la expresión
de la voluntad general. Todos los ciudadanos tienen derecho a contribuir
personalmente, o por medio de sus representantes, a su formación.
La ley debe ser idéntica para todos, tanto para proteger como para
castigar. Siendo todos los ciudadanos iguales ante sus ojos, son igualmente
admisibles a todas las dignidades, puestos y empleos públicos, según
su capacidad, y sin otra distinción que la de sus virtudes y talentos.
a.7. Ningún hombre puede
ser acusado, arrestado ni detenido, si no es en los casos determinados por
la ley, y según las formas por ella prescritas. Los que solicitan,
expiden, ejecutan o hacen ejecutar órdenes arbitrarias deben ser
castigados, pero todo ciudadano llamado o designado en virtud de la ley,
debe obedecer en el acto: su resistencia le hace culpable.
a.8. La ley no debe establecer más
que penas estricta y evidentemente necesarias, y nadie puede ser castigado
más que en virtud de una ley establecida y promulgada con anterioridad
al delito, y legalmente aplicada.
a.9. Todo hombre ha de ser tenido
por inocente hasta que haya sido declarado culpable, y si se juzga indispensable
el detenerlo, todo rigor que no fuere necesario para asegurarse de su persona
debe ser severamente reprimido por la ley.
a.10. Nadie debe ser molestado por
sus opiniones, incluso religiosas, con tal de que su manifestación
no altere el orden público establecido por la ley.
a.11. La libre comunicación
de los pensamientos y de las opiniones es uno de los más preciosos
derechos del hombre. Todo ciudadano puede pues hablar, escribir, imprimir
libremente, salva la obligación de responder del abuso de esta libertad
en los casos determinados por la ley.
a.l2. La garantía de los
Derechos del Hombre y del Ciudadano necesita de una fuerza pública;
esta fuerza queda instituida para el bien común y no para utilidad
particular de aquellos a quienes está confiada.
a.l3. Para el mantenimiento de la
fuerza pública y para los gastos de administración, es indispensable
una contribución común. Esta contribución debe ser
repartida por igual entre todos los ciudadanos, en razón de sus facultades.
a.l4. Todos los ciudadanos tienen
el derecho de comprobar por sí mismos o por sus representantes la
necesidad de la contribución pública, de consentirla libremente,
de vigilar su empleo y de determinar su cuantía, su asiento, cobro
y duración.
a.15. La sociedad tiene el derecho
de pedir cuentas a todo agente público, de su administración.
a.16. Toda sociedad en la que la
garantía de los derechos no está asegurada, ni la separación
de los poderes determinada, no tiene Constitución.
a.l7. Siendo la propiedad un derecho
inviolable y sagrado, nadie puede ser privado de ella, si no es en los casos
en que la necesidad pública, legalmente comprobada, lo exija evidentemente,
y bajo la condición de una indemnización justa y previa."
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Declaración de los derechos
de la mujer y la ciudadana
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"A decretar por la Asamblea
nacional en sus últimas sesiones o en la de la próxima legislatura.

Preámbulo
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